viernes, 11 de noviembre de 2016

EN ESTE VIERNES… VENÍ, SENTATE A MI LADO, TE ESTOY ESPERANDO, QUIERO CONTARTE ALGO…


Tomando un café con Jesús
De mi libro: “Ahora sé quién soy - Junto a Bellas historias”

Al leer este título debés estar pensando que me volví loca, debés pensar cómo es posible que tomemos un café con Jesús. Bueno, tranquila, el título es figurativamente hablando.
Estoy tratando de sumergirte en mis alocadas experiencias, para que puedas romper toda estructura interna que te aleja de tu relación con Dios.
Mi intención es que nos atrevamos a sentir a Jesús de una manera diferente.
A mí me encanta sentirlo y tenerlo de amigo a mi lado, obviamente que bajo una relación de respeto y de obediencia, pero con un color de amor apasionado que demuestra el agradecimiento que tengo en mi corazón por darme a través de su sacrificio en la cruz, salvación y vida eterna.
Hoy que pasaron algunos años después de mi sanidad, me doy cuenta cuanto Dios me ayudó para que pudiera ser feliz y me encontrara conmigo misma. 
Por muchos años viví por las opiniones de los demás y no me preguntes por qué, pero siempre me esforzaba en agradar a todo el mundo. 
Tal vez porque mi autoestima estaba muy baja, tal vez porque las enfermedades me fueron haciendo débil. 
Nunca salía a comprarme ropa sola, porque necesitaba la opinión de alguien. Debido a los fuertes mareos y a los ataques de pánico, estuve por muchos años sin viajar sola en colectivo y mucho menos andar por la calle. Recuerdo el día en que sufrí mi primer ataque de pánico, estaba en un colectivo, a punto de descender del mismo. Sentía una sensación extraña en mi ser, transpiraba y mi corazón latía muy rápido y como pude bajé por la puerta trasera. 
La primera impresión que sufrí en la vereda fue horrible, perdí la noción de donde estaba. No sé cómo hice para regresar a casa, pero sí recuerdo que a partir de ese día comenzaba para mí un gran encierro. 
Los fuertes mareos eran cada vez más frecuentes, mis hijos eran chiquitos y vivían con el teléfono en la mano por si me descomponía. Mi mamá me ayudaba con las tareas de la casa y el cuidado de los niños. Tantas veces me sentí morir, tantas veces di mi cabeza contra la pared, los dolores en mi cuerpo eran horribles, si me levantaba a lavarme los dientes ya había usado todas las fuerzas para enfrentar el resto del día. Mi cutis se asemejaba a la contextura de un cartón, estaba seco y sin vida, mis pupilas dilatadas y mi mirada se veía triste, cansada y vacía. Sentía cómo mi cerebro se hinchaba, hasta tener esa espantosa sensación de que mi cabeza iba a estallar. La enfermedad nos pone en cautiverio, nos debilita, nos amarga.
Recuerdo que un día puse en mi casa todo en orden, ropa, papeles, etc. porque creía que ya me iba a morir y no quería que mi familia se encontrara con ningún desorden. ¡Cómo puede ser que una mujer que palpó tan de cerca el poder de Dios, piense y actué de esa manera!!!
Es que cuando entra el desánimo, cuando te crees la realidad que estás viviendo, todo se transforma en gris oscuro y si no paramos a tiempo y nos relacionamos con Dios, el dador de la vida, pasamos a caer en un pozo oscuro, lleno de frío y soledad.
Y hablo así, porque lo viví, recuerdo cuando sentí que mi vida se caía por un pozo muy oscuro, la sensación fue de muerte. Pero resistí en el nombre de Jesús y renuncié a todas esas puertas de oscuridad, de enfermedad, de angustia y de muerte que yo misma había abierto para mi vida. 
Ahora podés imaginarte por un instante lo que sentí el primer día que fui sola a hacer los mandados. Iba por la calle llorando y riendo a la vez y lo único que hacía era dar gracias a Dios por estar viva. No me voy a olvidar nunca el papelón que hice una mañana. Fui a hacer las compras y hacía mucho tiempo que no salía, así que compré bastante pero no quise tomar el colectivo para poder disfrutar de esa linda mañana. 
A mitad de camino, mis brazos ya no respondían de dolor por las bolsas tan cargadas por el peso que llevaba. Me encontraba muy lejos de la parada del colectivo y toda la alegría que tenía se esfumó. 
Apoyé las bolsas en el piso, puse mis manos en la cintura, levanté mi cabeza y con voz fuerte le dije a Dios: 


_ ¡Podrías venir y ayudarme o al menos mandarme a tus ángeles qué me ayuden yo ya no puedo más, en el nombre de Jesús, pido qué vengan tus ángeles a mi ayuda! 

Sin querer deslicé mi cabeza hacia la calle y para mi sorpresa, había una camioneta estacionada con dos señores que me miraban con la boca tremendamente abierta. 
En un instante pude imaginar sus pensamientos, sentí que la palabra ¡loca! se dibujaba en sus frentes. ¡Pero qué hacer! Sin dudar tomé mis bolsas y a paso acelerado y sin darme casi cuenta fui cargada del combustible llamado vergüenza y en unos pocos minutos ya estaba en casa.
Cuando somos hiperactivas, hipernerviosas y todos los hiper que circulan por la vida, por lo general solemos hacer desastres, pero bueno, si no fuera así....... ¿Hoy qué les estaría contando?
Queridas amigas que me leen en mi blog, seguramente muchas de ustedes no saben que pasé por una difícil enfermedad. Y hoy que pasaron los años, al ver que estoy completamente sana, no tengo más que agradecer y dar la gloria a Dios. Una vez más su mano me ha sostenido.
San Lucas 1:37 porque nada hay imposible para Dios.
Oremos:
Padre en el nombre de Jesús te pido en este día que así como obraste sanidad divina en mi vida; lo hagas con cada persona que lo esté necesitando. Que la unción y la presencia del Espíritu Santo esté siendo derramada en sus vidas. Creemos y declaramos que sos el Dios de los imposibles, por eso te ponemos cada situación en tus poderosas y amorosas manos. Amén.
¡Bendiciones!