viernes, 28 de noviembre de 2014

"EL DÍA QUE TUVE MIEDO A SER ABUSADA"



Esta experiencia que les voy a compartir ocurrió en mi vida hace muchos años atrás. Y se las comparto, debido a la cantidad de correos que recibo de mujeres contándome la pesadilla que están pasando. Obviamente lo que les voy a compartir es muy pequeño, comparado a todo lo que me cuentan.


Dedico esta entrada, en homenaje a cada persona que sufre violencia de género.


Estaba en un lugar muy concurrido, en un sitio específico, era un fin de semana muy activo debido al compromiso que estaba llevando.
Me encontraba en el primer piso de aquel lugar, un aula grande, con ventanas a la calle y una puerta al pasillo. Me habían enviado a preparar un material que luego iban a compartir los organizadores de ese evento.
Estaba muy entretenida realizando mi labor, hasta que noté que me estaban observando por el vidrio de la puerta. Era una persona muy conocida para mí y para todos los que se encontraban en ese lugar.
Me sonrío, le sonreí, como siempre con un buen trato y sin desconfiar de nada. Luego él entró, cerró despacio la puerta asegurándose de no hacer ruido, se apoyó en ella y su cara ya no era la misma. Su rostro me daba asco, tuve miedo, pensé por donde salir, supe enseguida que algo andaba mal.
No sabía si le había puesto llave a la puerta, tuve miedo.
Luego este hombre caminó rápidamente hacia mí, se pegó con su cuerpo hacia el mío y les aseguro que quedé inmóvil, mis brazos y mis piernas no se movían. No podía creer lo que estaba viviendo, quería llorar y gritar y no podía, estaba paralizada de miedo.
Arrimó su boca a mi oído y comenzó a querer seducirme con promesas de que si me quedaba a su lado, las cosas me iban a ir mejor, y luego terminó usando términos despectivos hacia mi esposo y su esposa.
Clamé a Dios internamente, además nadie pero nadie estaba en el primer piso, pero Dios y sus ángeles estaban conmigo.
Comencé a sentir que mis brazos y mis piernas cobraban vida y salí corriendo hacia la puerta con el deseo inmenso de que no estuviera cerrada con llave.  Pude abrirla y corrí como una niña pequeñita y asustada hacia las escaleras y bajé tan rápido y a la vez dando gracias a Dios porque me había cuidado.
Repetía incansablemente... Gracias Dios mío, gracias que este hombre no me hizo nada, gracias, gracias porque no me violó, gracias, gracias, mientras que las lágrimas corrían por mi mejilla.
Al principio no pude contarle a nadie lo que había vivido, lo primero que pensás es quién te va a creer, porque justamente estas personas tienen esa doble fachada de tipos tan buenos que es imposible que alguien dude de ellos.
Por supuesto que Dios restauró en mí esa situación vivida y además puede perdonar.


Pero cada vez que veo en la televisión o me entero de algún caso en donde niñas, adolescentes, ancianas, mujeres adultas, fueron abusadas, les aseguro que mi corazón se estremece y es como que puedo sentir el temor que se vive cuando alguien envuelto en su lujuria se te acerca para hacerte mal.


La violencia de género no es solamente abuso físico o sexual, es también emocional, social, económico, verbal, espiritual, etc.
Y para que alguien que la padece se atreva a contarla, pueden llevar años de sus vidas, por el temor al qué dirán, o por creer que se merecen esa situación, o tal vez están creyendo que la persona va a cambiar y que todo va a ser distinto.


Hoy y siempre y cada día de mi vida, digo Basta a la Violencia de Género.
Y nunca pierdo oportunidad de alcanzar información y los números en donde se puede concurrir.
Pero en especial hay que creerle a la víctima, los niños no mienten, las personas abusadas y maltratadas no hicieron nada, no son ellas los victimarios, por el contrario son víctimas y necesitan salirse de ese círculo perverso y macabro.


Claro que Dios puede cambiar al agresor, pero el victimario tiene que reconocer su situación, ser tratado y tiene que dejar a Dios obrar en su corazón.


Ninguna persona puede cambiar al otro.


Si padecés violencia, rompé el silencio y pedí ayuda, en Argentina podés llamar las 24hs. los 365 días del año, de manera gratuita a los siguientes números.


0800- 666- 8537


ó 144


Con cariño: Tere.
¡Qué Dios te bendiga!