domingo, 30 de junio de 2013

"VIOLENCIA DE GÉNERO EN EL NOVIAZGO"

Yo soy Yanina, tengo 23 años y me puse de novia a los 17 años. Estuve de novia 2 años y 3 meses, si bien la relación había comenzado mucho antes.
Yo sentía que él era el único que me comprendía, que me quería de verdad; no podía entender porqué mi familia no lo aceptaba; yo pensaba que era por discriminación por su posición social o porque no provenía de una buena familia. Lo «elegí» a él por mi terrible temor de quedarme sola, o soltera mejor dicho, y pensaba que no iba a encontrar a nadie como él que me quisiera incondicionalmente. Yo siempre dudaba de comenzar una relación, pero él no. De tanto dar vueltas, y por una discusión con mi familia, me vi «obligada» a tomar una decisión, por sí o por no, y así fue como, a pesar de sentirme insegura, comenzamos a estar de novios. Él era lo único para mí, y consideraba a mi familia como enemigos.

Facundo tenía en ese entonces 22 años; era apuesto, bastante requerido por las chicas, y muy seductor. A menudo me provocaba a celos, pero él siempre lo desmentía… decía que todas eran mentiras inventadas por mí.
Al principio, como cualquier primer noviazgo, todo era color de rosas… Yo debía empezar la universidad, pero lo hacía por obligación ya que lo único que tenía en mente era casarme con él y nada más, sólo tenía el sueño de casarme y formar una familia con él, lejos de la mía, con la cual cada vez estaba más distanciada porque no me entendían, porque tenía mucha amargura contra ellos dentro de mí, no sólo por el noviazgo, sino por pequeñas situaciones que ocurrían a diario y en el pasado también. No tenía una buena relación con ellos; con mi papá siempre que hablaba terminaba llorando, no podía llegar a él. Con mi mamá había una distancia marcada; yo nunca quería contarle mis cosas porque sabía que no me iba a entender y, efectivamente, aunque se lo contara ella no me podía ayudar. Yo terminaba llorando, creo que de la frustración de no encontrar el camino de regreso. Mis hermanas (o la mayoría de ellas) estaban en oposición a mi noviazgo con él, pero esto sólo lograba ponerme más terca con todo lo que ocurría.

Todos mis proyectos comenzaban y terminaban en él. Dejé la universidad después de dos meses. Mi vida era él. Después de varios meses lentamente comencé a ver la realidad. Comencé a conocer al verdadero Facundo. Siempre pasaba lo mismo; en mi cuaderno puedo leer siempre los mismos conceptos: «Facundo se enojó conmigo. No quiere que hable con otros chicos». Él era tan celoso que yo optaba directamente por no saludar a muchos chicos. Los celos eran su obsesión, hasta en situaciones ilógicas como cuando hablaba con mi hermano o mi cuñado. Cuando se enojaba (muy seguido) se sentía mal, pero no sabía decir por qué. No me gustaba cómo se relacionaba con la gente, siempre menospreciando a los demás a través de burlas por su aspecto físico. Comenzó a trabajar y dejó sus actividades en la Iglesia con los jóvenes. Cuando hablábamos por teléfono siempre me decía que estaba cansado y nunca quería hablar o compartir temas conmigo (y mucho menos personalmente). Nos veíamos sólo un día a la semana y ese día estaba muy cansado como para hablar, etc.

Cuando había problemas, le echaba la culpa a mi inseguridad con respecto a la relación, porque él siempre decía estar seguro de que esto era lo correcto, lo que Dios quería, cosa que jamás pude entender, cómo viendo tantas desigualdades nunca cambió su opinión.
Yo no me sentía cómoda con su familia. Él quería que fuéramos a vivir en la misma cuadra con toda su familia. Tiene varios familiares con problemas psiquiátricos, un hermano que suele golpear a su esposa y un padre que varias veces lo hizo también. Yo le decía que no quería vivir allí, pero él nunca le importó eso, nunca me ofreció cambiar de lugar, era ahí o ahí. No se atrevía a enfrentar a sus padres en eso.
Yo muy dentro mío sabía que no debía estar con él, pero siempre buscaba nuevas excusas o planes para cambiar las cosas que nunca resultaban. Por este temor no le contaba a nadie lo que me pasaba con Facundo, porque yo ya sabía lo que debía hacer; no sabía cómo hacerlo, pero sabía que no debía estar con él. No era sano, y traía más angustia que alegría a mi vida; cada vez me encerraba más en mí misma.
Las diferencias con Facundo eran cada vez más evidentes. El no hacía más que manipularme con la culpa, recordándome situaciones pasadas o haciendo chistes de mal gusto; generalmente hacía esto basándose en mi inseguridad y en sus celos. Esta era mi penitencia: el castigo, su enojo.
Pese a todo esto yo no me atrevía a dejarlo; tenía muchos temores de hacerlo. Pensaba que él podía hacer cualquier cosa si lo dejaba, como abandonar la iglesia o hacerse daño, ya que muchas veces había amenazado con hacerlo. Él estaba muy solo, sin amigos, y yo pensaba que al ya haberme equivocado se habían terminado las chances para mí. Siempre había muchas peleas y amagábamos a terminar, pero no se concretaba. En vez de disfrutar el noviazgo, sólo vivíamos torturados Era como jugar a ver quién aguantaba más, pero seguíamos siendo esclavos de nosotros mismos.
Yo seguía sin tratar el tema con nadie, por mi temor a escuchar lo que yo ya sabía pero que no estaba dispuesta a llevar a cabo. Además no quería que nadie influyera en mi decisión, quería que esta vez fuera una decisión mía (muy seguido me dejo influenciar por lo que los demás esperan de mí o me dicen que haga).

Facundo nunca aceptó pedir ayuda, ni en la iglesia ni fuera de ella. Yo, por mi parte, emprendí una terapia psicológica. Fue un gran paso para mí hacerlo porque era empezar a buscar el camino de salida. Pero allí, como en todos lados, siempre lo defendía a Facundo. No me importaba quedar mal yo, lo defendía a muerte; siempre asumía que la culpa la tenía yo. Para mi sorpresa no hablamos al principio de este tema, pero comencé a resolver otros problemas. Por ejemplo yo me sentía poco valiosa, mi autoestima era un desastre, me vivía comparando con los demás y siempre resultaba disminuida. Al tratar con mis pensamientos erróneos, mi valoración como persona fue creciendo, empecé a buscar amigos, y se abrieron caminos con mi familia… yo comencé a expresarme con ellos (cosa que costaba mucho) y esto dio sus frutos. Yo pensaba que no me querían, pero no era eso… sino que no me lo demostraban de la forma que yo esperaba. Y a partir de entender esto y otras cosas comenzamos a comprendernos con ellos, yo a expresarme y ellos a escucharme. Después de todo, ¡es importante lo que digo! Mi vida fue cambiando mucho en estos años:
Un día tuvimos una discusión con Facundo y se nos fue de las manos. Los dos acordamos terminar la relación, muy conscientes de que nos queríamos pero eso no era suficiente. Él me pidió que no volviera atrás (sin duda con doble sentido); lo cierto es que yo no volví atrás y aproveché esta oportunidad para concretar la decisión que había pensado hacía mucho tiempo. A partir de allí comenzaron sus llamados para que le prestara atención nuevamente, me escribía vía Internet diciéndome que tenía cosas nuevas para contarme, si nos podíamos encontrar, que no me iba a esperar, etc. Lo cierto es que yo ya había tratado todos estos temas con mi terapeuta, y sabía cómo esquivar sus bombardeos culpabilizadores que siguieron un tiempo largo a través de llamadas, mensajes, etc. Usó todo tipo de maniobras para poder recuperar mi atención, y muchas cosas me lastimaron, demostrando claramente que él no me amaba a mí como decía, y creo que en el fondo tampoco a sí mismo, por eso no se preocupaba en lastimarme.

Hoy ya no hablo más con él, le pedí que no me llamara más y que si me llamaba no lo iba a atender. Y así resulta mucho mejor, despegándome completamente de él duele mucho menos. Después de todo yo no puedo (y me costó entenderlo) ni salvarlo de su estado ni ayudarlo, ni cambiar su historia, porque eso es algo que sólo él mismo puede hacer con la única ayuda de Dios. De vez en cuando tiendo a involucrarme con este tipo de personas pensando que puedo y debo ayudarlos, pero gracias a Dios estoy aprendiendo a reconocer esos tópicos. Otras veces son los amigos de verdad, incluyendo a mi familia, que ayudan a que me dé cuenta de que no soy su «salvadora».

Espero que este testimonio sirva de ayuda, ya que veo a diario a muchas «Yaninas» y muchos «Facundos» y sé lo difícil que es reconocer que se está en una relación de abuso. Pero hoy, a dos años de haber terminado el noviazgo, sé que vale la pena, aunque duele, terminar con esta dependencia mutua. Le digo a todas las Yaninas y Facundos: anímense a ver la realidad de su relación de noviazgo y pidan ayuda, porque muchas cosas necesitan ser cambiadas y es difícil hacerlo solos.

Hoy no huyo de nada, y agradezco muchísimo a Dios por su ayuda y por haber pedido ayuda terapéutica, ya que de otra forma hubiese sido muy difícil terminar esta relación y mi vida sería terrible de haber concretado un matrimonio donde tanto Facundo como yo hubiéramos sido infelices. Hoy, aunque me gustaría encontrar la persona correcta, espero ese momento, pero ya sin temores de quedar soltera. Disfruto de mis amigos y mi familia que me acompañan. Puedo crecer en mis proyectos y me siento cómoda conmigo misma, y no necesito a otra persona o estar en pareja para sentirme valorada. Quiero mejor a los demás a partir de quererme mejor a mí misma. Puedo estar tranquila porque sé que Dios cumplirá sus bondadosos propósitos en mí.

(Material extraído del Instituto Eirene Argentina)

Si te identificás con este relato, si estás pasando violencia física, sexual, emocional, económica, social, espiritual, etc. por favor rompé el silencio y pedí urgente ayuda.
Podés llamar gratuitamente en Argentina al:
0800-66-68537 MUJER



ó al 911 Pcia. de Bs.As.

ó 
137 Capital Federal.

Muchas veces las jovencitas piensan que si el novio las cela, es porque las ama o se piensan que van a poder cambiar a ese muchacho y sacarlo de su mal camino, por lo general las mujeres piensan que son salvadoras de personalidades así.
Sinceramente la persona que maltrata, que agrede, no está manifestando su amor así, por el contrario, está dejando al descubierto su manipulación y su concepto en cuanto a la mujer, considerándola un objeto la cual puede tomar y dejarla cuando quiere, porque él se siente su dueño.

Dios nos creo seres libres y no hace acepción de personas, Dios no tolera la violencia y nunca pensó para tu vida algo así.
Muchas veces las mujeres piensan que al casarse todo va a cambiar y por lo general todo empeora.
El agresor debe reconocer su situación y pedir ayuda, debe ser tratado y para eso están los especialistas y por supuesto la guía espiritual también.

Si estás padeciendo violencia de género, por favor salíte de ese círculo de violencia y pedí ayuda ya mismo, siempre hay personas interesadas en ayudarte, siempre hay personas que te van a creer y te van a sacar de esa situación en donde muchas veces tu vida corre peligro.

Podés consultar estas páginas:

http://www.inadi.gov.ar/uploads/centros_at.pdf

http://www.eireneargentina.com.ar/

http://abriendoelcamino.blogspot.com/



Con cariño: Tere.

!Qué Dios te bendiga!