sábado, 30 de abril de 2011

¿QUÉ PUEDE HACER UN HOMBRE MALTRATADOR?


Reconocer su comportamiento abusivo.
A menos que una persona violenta deje de justificar el maltrato en cualquiera de sus formas y lo asuma como tal, no habrá chances de sanidad. Con frecuencia, que una mujer se oponga a ser maltratada o ponga un límite en ese sentido, lejos de ser una deslealtad por hacer conocer en el afuera lo que sucede dentro del hogar, abre la oportunidad a que el esposo también revea su situación y busque sanidad. «¿Quieres ser sano?», fue la pregunta que Jesús dirigió al paralítico que hacía 38 años estaba sufriendo su enfermedad (Jn 5.6; RV60). La respuesta buscaba, seguramente, que el hombre reconociera tanto su estado de enfermedad, como también la imposibilidad de arribar a la salud por sí mismo y por tanto la necesidad de que otro lo llevara a la sanidad de aquello que lo mantenía inmovilizado y esclavo.

Admitir que necesita ayuda.
El maltratador, sea hombre o mujer, no es un monstruo ni necesariamente malo e irrecuperable. Es también una persona que sufre y que necesita ayuda. Es importante que reciba atención por parte de personas especializadas en violencia familiar, ya que no es fácil entender por qué una persona reacciona con violencia con sus seres queridos y tampoco es fácil incorporar maneras sanas de relacionarse.

Perseverar en el tratamiento.
Buenas intenciones no bastan. Esta frase nunca es más cierta que en esta problemática. No dudamos del arrepentimiento ni de las buenas intenciones que expresan muchas personas violentas, pero no alcanzan para producir un cambio real y a largo plazo. Ellos mismos pueden sentirse frustrados al ver que, a pesar de desearlo sinceramente, no pueden cambiar como quisieran. Por eso, es necesario que reciban ayuda por un tiempo prolongado.

Pedir perdón.
Es interesante notar que aun los terapeutas que no son cristianos mencionan este principio como de vital importancia en el proceso de sanar. Con mucha más razón los cristianos necesitamos incluir el pedido de perdón sincero por el daño ocasionado como la manera de comenzar el propio proceso de restauración. La profundidad del pedido de perdón no está marcada por la cantidad de emoción demostrada. Muchos hombres son capaces de llorar y decir palabras conmovedoras sobre su conducta delante de su mujer o de las autoridades de la iglesia. Sin embargo, no necesariamente esto conduce a un cambio real, observable y sostenido en el tiempo. Puede ser sólo una fase más del repetitivo ciclo de violencia. El pedido de perdón debe incluir en forma explícita y taxativa la mención de las conductas agresivas, acompañado de un profundo y verdadero pesar por el daño causado, sin ningún lugar a la excusa, la inculpación del cónyuge o de las circunstancias, o a la minimización de su conducta inapropiada. La necesidad de ser perdonado puede ser progresiva o en etapas, a medida que una persona va comprendiendo gradualmente su responsabilidad y la dimensión del daño causado a otros. Esto no significa que las disculpas anteriores no hayan sido válidas, sino que la mayor conciencia de los propios actos violentos ocasiona mayor carga de culpa, y ésta debe ser tratada. El pedido de perdón no sólo debe dirigirse a la persona o personas agredidas directamente, sino a todas aquellas que han sido dañadas de algún modo por las conductas violentas. Por ejemplo, los hijos. También, y como expresión de un verdadero arrepentimiento, deben surgir nuevas conductas compatibles con un cambio real y profundo («frutos dignos de arrepentimiento», Mt 3.8).

Tratar con sus propias heridas emocionales.
Como hemos mencionado, muchos hombres violentos, y mujeres también, tienen tras de sí una historia familiar «golpeada» en muchos sentidos. Quizás han sido niños y niñas maltratados en su infancia, han sido víctimas del maltrato entre sus padres, o han sufrido abusos en las instituciones en las que les ha tocado crecer (hogares de niños, escuelas, etc.). Estas experiencias dejan, dentro de cuerpos adultos, corazones y mentes infantiles heridos, tristes, y enojados. Es imprescindible que la sanidad llegue a lo más profundo del alma, cicatrizando las heridas aún abiertas; consolando, acariciando, liberando el miedo, la rabia y el rencor, si es que hemos de pretender vivir el presente y el futuro libres de cualquier forma de violencia. Para esto es necesario que alguien amoroso, con una gran cuota de paciencia y de misericordia, además del entrenamiento adecuado, se ponga al lado del hombre o la mujer que desee tratar las heridas del pasado a través de un proceso gradual de sanidad.

Aprender a expresar los sentimientos.
Muchas veces los hombres, y también las mujeres, golpean física o verbalmente
porque no conocen otras formas más adecuadas de expresar su enojo, su tristeza o su malestar por diversos motivos. Del mismo modo, les cuesta expresar sentimientos tiernos, aunque lo deseen intensamente. Esta incapacidad a la hora de expresarse demuestra que no han aprendido a resolver sus conflictos a través de recursos maduros. Cuando eventualmente lo logran, se sienten aliviados y aumenta la esperanza de que dejen de «hablar» o expresar sus emociones golpeando o maltratando.

Redefinir su identidad de hombre.
Hemos visto que gran parte de la violencia masculina en la pareja se debe a estereotipos culturales errados sobre lo que significa ser un hombre. Darse cuenta de que se puede ser mejor y más hombre protegiendo a sus mujeres, tratándolas como compañeras, valorizándose ellos y valorando a la mujer que han elegido, es una empresa desafiante y maravillosa. ¡Vale la pena intentarlo!

LAS CARACTERÍSTICAS DE UN HOMBRE SANO:

·Sabe expresar sus emociones y afectos en formas apropiadas.
·Es capaz de entablar relaciones amorosas e íntimas con otras personas.
·abe cuidar de otros.
·Reconoce la importancia de rendir cuentas a otros hombres y de pedir ayuda en tiempos de crisis.
·Experimenta y expresa el dolor en formas apropiadas, aun llorando cuando la situación provoca esta respuesta.
·No tiene miedo de compartir con otros su historia personal.
·Maneja correctamente los ritmos de trabajo y descanso.
·Participa activamente en la crianza de sus hijos.
·Comparte tareas del hogar junto a la esposa.
·Participa activamente en la vida de la iglesia, compartiendo sus dones, recursos y tiempo para la expansión del Reino de Dios.

(Material extraído del Instituto Eirene//Violencia familiar)
www.eireneargentina.com.ar

!Qué Dios te bendiga!