miércoles, 27 de octubre de 2010

¿ QUERÉS SABER EL NOMBRE DE LA ENFERMEDAD QUE TUVE ?


Su nombre es: - Encefalomielitis miálgica - o mal llamada - Síndrome de fatiga crónica -
Es una enfermedad que afecta el sistema nervioso central y su conexión con los sistemas inmune y neuroendócrino. Entre sus síntomas se destacan: fatiga, dolores incapacitantes y agotamiento, dolor de cabeza, inflamación de ganglios y recurrentes estados gripales; deterioro reversible de las funciones cognitivas y mialgias, etc.
A los treinta años de edad, me detectan esta horrible enfermedad, la cual se origina en el cerebro.
Hasta ese momento yo nunca había reparado que el cerebro es un órgano y que hay que cuidarlo.
Cuantas veces recargamos nuestra mente con un montón de cosas hasta el punto que sentimos que nuestra cabeza va a estallar.
¡Aprendamos a escuchar las señales que nos da nuestro cuerpo y consultemos a un profesional!

Lamentablemente la doctora que me atendió, muy bruscamente me dijo que iba a terminar en sillas de ruedas y si empeoraba, en cuatro años me iba a morir. Obviamente empeoré y mucho, pero ya pasaron catorce años y Dios obró un milagro integral en mi vida.
Nunca voy a dejar de agradecerle, la sanidad que hizo en mí, hoy llevo una vida totalmente normal, muy activa.
Pero hace apenas unos años atrás, prácticamente no podía agarrar las cosas, ya que todo se me caía, se me hinchaban las manos y me dolían terriblemente las articulaciones.
Había días en que le pedía a Dios a gritos que me cortase la cabeza y el cuello, separándolo de mi cuerpo, porque estaba desesperada de dolor.
Constantemente me sentía afiebrada y el dolor de ganglios era desesperante. Cuantas noches Jorge, me llevaba casi arrastrando al patio de mi casa, porque yo ya no tenía más fuerza, me ahogaba terriblemente y me veía morir. Necesitaba tomar aire, ya que los fuertes mareos, seguidos de taquicárdia, sudor y frío a la vez, junto con unas ganas de vomitar terrible se apoderaban de mí, haciendo sentir que el pánico y la muerte estaban ganando la batalla. La peor sensación la vivía cuando mi cerebro se hinchaba, creéme que sentía que mi cabeza iba a explotar.

La persona que sufre del Síndrome de fatiga crónica, realmente se siente morir. Además es difícil transmitirle a tus seres queridos lo que estás sintiendo y muchas veces quedás como la exagerada, porque te duelen tantas cosas a la vez que hasta es poco creíble.
Es ahí cuando te aíslas más, porque sentís que nadie te entiende.
Recuerdo cuando descubrí en una revista una nota que decía: “12 de mayo, día internacional del Síndrome de Fatiga Crónica.”
Me comuniqué de manera urgente con el teléfono que daban, porque necesitaba escuchar a otras personas que estaban pasando lo mismo que yo.
Justo hacían una reunión de grupo en el hospital Ramos Mejía y Jorge me llevó sin dudarlo.

Lo que más me impactó fue el caso de una arquitecta que esa semana se iba a mudar a planta baja, porque vivía en un departamento en primer piso y ya no podía subir las escaleras. También recuerdo el caso de un doctor, que anunciaron que no iba a poder estar porque se encontraba postrado en la cama de tanto dolor.
Salí muy angustiada de ese lugar, repitiéndome una y mil veces que a mí no me iba a pasar. ¡Pero estaba tan equivocada ! No solo el subir las escaleras era agotador, sino el simple hecho de ir a lavarme los dientes me dejaba sin fuerzas.
Luego comenzaron a mandarme por correo, toda clase de información referida a esta enfermedad y cada síntoma que provocaba. Para mí asombro y desesperación tenía cada uno de ellos.

Entonces hice lo peor que un ser humano puede hacer. Comencé a negar y a no aceptar lo que me estaba pasando. Rompí todo el material que tenía sobre el tema y no atendía a nadie que me llamaba por teléfono de esa organización.

Si estás pasando un momento difícil, no abandones la parte médica, pero sobre todo confíá en Dios, El es especialista en resolver los imposibles de nuestra vida. En esos años de enfermedad, el Espíritu Santo trató a solas conmigo y me mostró cuanta estructura había en mi interior. Vivía siempre temerosa, enferma, pensando en el que dirán.
No me atrevía a decir no puedo a nada ni a nadie, creía que tenía que dar todo mi tiempo a los demás y verdaderamente ¡me agoté!

¿Habrá algunas de ustedes así? ¡Es tiempo de ser libres!
Dios es el único que te da la verdadera libertad.
El tiene poder para romper las cadenas que te atan.

Hoy tengo mucho por cambiar, pero ya no soy la misma.
Aprendí a no ser la mujer orquesta, que tenés que estar en todo lugar y hacer todo a la vez.
Aprendí a decir no puedo y a disfrutar los momentos gratos de la vida, mientras tengo pilas de ropa para planchar.

¡Gracias Jesús por estar siempre a mi lado, te amo!
(De mi libro Ahora sé quien soy // aún no editado)

!Qué Dios te bendiga!